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Relato de lo vivido en el Taller Monográfico + Biodanza en la Sierra de Gredos.

Taller Monográfico + Biodanza: naturaleza y luz en acuarela.

Escuela – Taller Lucía Espinós + Biodanza Rodrigo Toro

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El viernes 29 de Octubre la Sierra de Gredos nos esperaba con su gama de colores alterada por el cambio de estación. El caudal del río había bajado dejando  inmensas piedras como islotes en su recorrido. En sus meandros se acumulaba una arena, propia de la erosión de las rocas, que funcionaba como playa, accesible desde el jardín de nuestra casa y que se convirtió en “el aula del taller”. La luz entraba por el Este, hacia donde descendía el río con su frescura y su rumor constante y en el origen del valle, hacia el profundo bosque se ponía el sol, anaranjado e intenso, arañando cumbres y oscureciendo los verdes otoñales.

El Taller Monográfico pretendía conducirnos a un estado activo y creativo, inmerso en la naturaleza para conectarnos al entorno y sus ritmos. La casa donde alojamos está cosida a la vera del río, el sonido de las hojas palmeando ante cualquier brisa y el sol de verano que nos sorprendió, formaron parte de la armonía que se produjo durante todo el fin de semana.

Las sesiones de Biodanza marcaron el compás, el cuerpo se conectaba con un movimiento pleno de sentido, invitando al grupo a estar en mayúsculas, “aquí y ahora”. Estar en la naturaleza era una excusa para vivirla, la pintura a través de la acuarela pretendía escoger del entorno cualquier objeto para diseccionar su belleza. Una rama vieja y humedecida podía contarnos con su micro-escala cientos de lenguajes. Mirar el objeto, entender su complejidad y poder encontrar un diálogo común, hizo comenzar a usar el agua y el pigmento hasta que el tiempo se paró.

La primera sesión del sábado 30 de Septiembre significó algo fundamental: un estado de placer donde el trabajo en serie permitía descifrar el aprendizaje y el gusto por el uso de la acuarela. Un trabajo sin juicios estéticos, pero si empeñado en encontrar ciertas verdades, esas que están presas en la delicadeza con la que miramos los detalles y que nos exigen ser sinceros, reaprender a mirar y generar una unión entre lo que trazo o pinto y lo que miro.

Obligados por el hambre a parar la sesión y subir a preparar la comida, significó que habíamos entrado ya en el Taller con todas las herramientas funcionando: el grupo, el descanso, la luz, el alimento, el ritmo fisiológico del cuerpo, la curiosidad, el dibujo, el entorno, la danza, el afecto, y una infinidad más que dilataban el tiempo y nos hacían cómplices.

La mesa repleta de alimentos, compartimos con gusto sabores y sentimientos de lo vivido. Todo resultó más fluido de lo esperado. Teníamos una estructura detallada de lo que iba a suceder, pero incluso esta se flexibilizó frente al devenir del grupo, permitiendo que todo lo previsto sucediera con calma y disfrute.

La sesión de Biodanza del atardecer llenó de naranjas el salón de la casona, y terminó de relajar y unir nuestra presencia. Habían sido casi ocho horas de acuarela y las aguas seguían coloreando nuestra frente. Mis premisas de conducir el estado de la pintura por un camino intuitivo, lejos del control y las ideas premeditadas y con una clara intención de oxigenar cada pieza, evitando cerrar contornos, introduciendo oxígeno en el propio papel, desdibujando lo obvio y trasladando la forma seca a un estado vivo de la misma,… Necesitábamos silencio, oscuridad diluida y reposo.

El domingo 1 de Octubre proponíamos despertar antes de que el amanecer lo hiciera. A las seis de mañana comenzamos a vestirnos y preparar café para entrar a nuestra playa y colocarnos en sus islotes y recibir así las gamas de colores de la oscuridad. La arena estaba  húmeda, así que las piedras, que todavía recogían una temperatura templada del día anterior, funcionaron como talleres mínimos de cada uno de los dibujantes, envueltos en abrigo y en pleno descontrol de las acuarelas, comenzaron a bañar sus hojas de aguas, de trazos continuos que captaban de los contornos del horizonte.

La luz avanzaba rápido, más rápido de lo que podíamos captar. La conexión entre lo que estaba pasado en el horizonte, con sus nubes arañando el cielo, cambiantes por segundos y sus colores cada vez más iluminados, nos obligaban a mirar sin apenas parpadeo. Conectarnos a la danza mutante y acelerada del amanecer, sin mirar el papel, ágil y apasionada.

Pintar sin mirar, perder el control con ganas de hacerlo, qué difícil propuesta y qué gusto abandonarse al dibujo, sin encontrar mayor coherencia que la del caos y el movimiento. Mirar y trazar al mismo tiempo, sin pausas, absorbiendo la intensidad del presente, mientras los papeles de ondulan y los pinceles atraviesan nuestros ojos.

Llegó la pausa y el frío calando nuestros huesos. “Vamos a desayunar, tenemos todavía otra sesión de acuarela dentro del río.”

El sol volvía a calentar el bosque, desayunamos alargando el tiempo con su silencio. Antes de comenzar la siguiente sesión, dejamos que la casa volviera a llenarse de vitalidad y fuera la naturaleza la que nos llevara a una nueva serie de acuarela, esta vez con los pies en el agua y el impulso creativo dirigido por la identidad de cada uno de nosotros.

360° de búsqueda, nosotros situados como un faro que busca con su luz en torno a si mismo. Cambios de escala, la elección del lenguaje y las gamas de colores. Un ejercicio libre de percepción. El estado vivo del dibujante.

Antes de marcharnos, una sesión de Biodanza emotiva cerró el Taller con un abrazo, también la danza había cambiado, era nueva, nos despedíamos y nos dejamos querer.

Hasta la próxima dibujantes, bienvenidos al siguiente Taller, que con seguridad tendrá otros colores y otras formas y también nosotros seremos nuevos, pero siempre con ganas de entregar y vivir.

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