El reencuentro con el dibujante que llevamos dentro

Cuando una persona se pone en contacto conmigo porque tiene interés en dibujar, suele comunicar también si tiene o no conocimientos sobre el dibujo, si es un hábito o una afición que desempeña con gusto, un deseo abandonado en el tiempo o una ausencia que empieza a incomodar como una espina aceptada en la piel.

El dibujo está en nuestra expresión original, desde el inicio, no se olvida, se aleja, pero puede volver cosido a un reaprendizaje de la mirada. Incluso cuando pintamos habituados a un modelo estético, podemos darnos cuenta de que todavía nuestro trazo, el que explora y aparece sin control sobre el papel todavía no lo conocemos, no lo utilizamos como herramienta de comunicación, como parte extensible de nuestro lenguaje, está oculto en formas bellas pero podemos encontrarlo.

Cualquiera de los dibujantes curiosos y alentados por el reencuentro con el papel en blanco, se sientan y escuchan la propuesta de reconocer sus manos, pintar sus herramientas de dibujo, su maquinaria compleja de dedos que se articulan con ligereza para dejar huella en el papel. “Con la derecha pintaremos la izquierda y viceversa, nos vamos a encontrar con la torpeza y trataremos de no mirar el papel en absoluto. Vamos a descubrir la forma abstracta de la mano que posa, la mano modelo, la belleza de su contorno y de sus líneas.”

La complejidad de no mirar el papel, que significa perder el control sobre el resultado de la línea, pone en cuestión nuestra manera de dibujar, nos hace estar en tensión, de alguna manera evoca cierta frustración. Al mismo tiempo nos permite proteger la sintonía entre la mirada y el movimiento de la mano, que en un acto de fidelidad y paciencia, deben mimetizarse para trazar ambos en la misma dirección.

Los resultados no son inmediatos, pero llegan pronto, cuando la mano empieza a bailar, a moverse con vibración, como si fuese torpe y dudosa. Exploradora novel que no sabe a dónde llegará, pero no para, traza en una continuidad obligada hasta que se pierde en el placer de trazar, de verse cautivada por la complejidad de la mano modelo, de sus concavidades, sus valles y sus ríos de infinitos afluentes.

Entonces el resultado es irrelevante y sin embargo lleno de expresividad. Dibujamos con si talláramos, como si de una escultura se tratara, dibujo lo que se ve y lo que no se ve, lo que oculta la forma que vemos pero lo construye como un volumen.

“Cambio de forma” Y la mano modelo adopta otra postura. Entonces se va creando una Serie de dibujos que duran algunos minutos y se suceden uno al lado del otro.

Dibujan en un papel grande, quizá un rollo que permita tirar del papel y encontrar más blanco de forma cómoda. En una sesión de la Escuela – Taller han podido hacer unos quince bocetos, cada vez más llenos de materia (líneas enredadas) y de escalas diversas, aumentando el tamaño, buscando más espacio para contener toda la información que ven sus ojos, cada vez más atentos al detalle. Mis consignas poéticas van impulsando su estar frente al papel a un descontrol cómodo, que pretende hacerlo natural en el tiempo.

Cuando se produce una pausa, acompañada de un suspiro, emergen las ganas de visualizar lo trazado. Desplegamos el papel y surgen algunas valoraciones estéticas por parte del dibujante que, aunque naturales en la “pedagogía del bien y del mal”, empiezan a escucharse desubicadas, sin valor. Puedo sentir cierta sorpresa en la manera de observar su propia Serie y un trabajo inmediato de aceptación incluso de gusto por el resultado inesperado.

Son nidos que componen figuras de manos, de líneas enredadas, primero en grafito y después en tinta. Los primeros dibujos son de contorno, llenos de blanco, vacíos de materia, secos de búsqueda. A medida de avanzan, empiezan a llenarse de aire, de vibración, se levantan del papel, tienen cierto movimiento, se parecen a lo que sentimos cuando vemos más de lo obvio.

Son dibujos que cuentan la verdad de lo que vemos, cómo lo vemos. Hablan del tiempo que tardo en entender la forma, de la velocidad que me acompaña, del gesto de aprender a identificar lo que al principio era “una mano” y luego empezó a ser “esa mano”. La impaciencia controlada que permite hacer del objeto una forma bella por su complejidad. Son dibujos únicos porque contienen trazos personales y salvajes por su experiencia intuitiva.

De un momento para otro, ya no son dibujantes principiantes que llegan al taller, son dibujantes entregados al dibujo. Un poco agotados y desconcertados por esta primera sesión, se despiden hasta el próximo día.

Gracias por haber venido.

Rollo de manos