Pintar para un músico

Lars Eriksson

 

La música acompaña el espacio creativo de la pintura generando una atmósfera abstracta, con tonos y luces variables, con silencios próximos al estado de solitud que ejerce el artista.

Cuando es la pintura la que tiene que acompañar a la música, entonces la melodía, la letra, los tonos y cambios de escala, la armonía, el compás… Son piezas geométricas indescifrables, no es posible transcribirlas desde la lógica a una pintura, es necesario apagar el estado del conocimiento y abrir de lleno la intuición, palpitante en el pecho, para dejarse llevar por lo que se produce dentro de nosotros.

En un primer contacto con el músico, le pido alguna descripción, cualquiera. Lo que le evoque su propio trabajo, un recuerdo, un fragmento del origen de la obra musical, la propia incertidumbre de lo realizado, una declaración de intenciones, algo.

Con ese material y la escucha una y otra vez de las canciones, empiezan a aparecer colores, a veces incluso una historia inventada que me permite hilar todas las emociones que provoca la música en “un sentir” continuado.

La música evoca en el imaginario una serie de imágenes con formas difusas. Este primer contacto con la creación requiere de impulsividad para entrar en una forma concreta y flexibilidad para que esta forma pueda “deformarse” a medida que el proyecto musical va haciéndose protagonista del pensamiento y del oído.

Es natural que la identidad del músico se vea difuminada por la mía en esta serie de dibujos, siendo sensiblemente interrumpida la idea original, si la hubiera, para transformarse en algo propio, en una obra personal, en una creación plástica con inyecciones sonoras que intenta vestir lo intangible.

Estos encargos funcionan cuando hay una profunda sintonía entre ambos, cuando el músico confía en el trazo que bailará al compás de sus notas. En estos encargos se debe tejer un respeto indestructible que haga de las piezas, “obras libres” que permanezcan en el tiempo y cobren un valor mayor junto a trabajo musical.

Pintar para un músico invita a caminar de la mano de alguien, como si acompañaras su ceguera y quisieras endulzar su imaginario, intentando conocer lo que no puedes ver, ni saber, ni preguntar.

Pintar para un músico es inventar con intuición un discurso dibujado que acompañe sin excesiva coherencia ni obviedad su obra sonora.

 

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