La pérdida de control en el proceso creativo

El contacto con el vacío a la hora de empezar una pieza es una demostración de valentía. Para iniciar el trazo sobre el lienzo necesito cierta serenidad, que parece estar tejida a una actitud solitaria. El exceso de estímulos me invita a navegar en un tiempo que no es el del dibujo pero gira en torno a él y así pueden pasar días, dejando que se acumule cierta ansia de vomitar formas, que tienen sentido en un momento particular y necesitan estar fuera para formar parte de ti de otra manera, estar sobre el papel, no dentro de ti. Ese tiempo es largo, empiezas a temer no poder salir de él.

Mi cuaderno de bocetos permanece abierto, como si pudiese atrapar la emulsión creativa de repente, hasta que en un momento desarticulado de los planes previstos, en un momento cualquiera, aparecen los gestos en la imaginación, incluso quema por dentro esa imagen que habla más que tu.

Entonces los pinceles entran en el agua, cambio a una brocha más grande para trazar sin cuidado “el todo”, la mancha, el volumen que va a recoger ese gesto. Es ahí cuando ves algo en tu creación que no está, pero que va a llegar, aceptas que estás probando y sigues, sigues adelante con los trazos, hasta que el papel de un simple cuaderno de bocetos se empieza a saturar de aguas y pigmentos y pide una pausa. Es hora de pasar al lienzo, de proyectar sobre el blanco cierto descontrol cosido a un placer que conecta todos tus sentidos. Ese instante, donde no hay obstáculos y que parecía imposible recuperar, es el que intento trasmitir a los estudiantes de la Escuela – Taller. Llega después de muchas horas de trabajo, pero cuando llega es absoluto.

Estar solo cobra tanto sentido que parece ser el mejor estado.

Cuando los estudiantes de mi Escuela llegan al Taller, hay un tiempo récord de adaptación que de manera intuitiva, van desarrollando cada vez más naturalmente. Mi función en ese momento es dejarles reconocerse en su estado, para que puedan encontrar cuál es su tiempo para la creación. La música suele alterar ese ritmo, configurando un tiempo común, pero aun así, hay veces que esa “conexión a la red” que provoca un diálogo armónico entre la percepción y la mano, es más difícil de habilitar. Me resulta muy placentero ver cómo al cabo de unas cuantas clases, ese placer producido “por el hacer” es reconocido por su cuerpo y pueden sentir mis consignas con cierto grado poético, sin permitir que invadan su estado.

Mi posición como enseñante está deformada por una actitud artística que cuestiona el sentido profundo de una obra. Cuando una parte de ti se disuelve en el lienzo y eres capaz de demostrarte que con el trazo eres tú en estado puro, empiezas a respetar de manera incondicional tu trabajo y por lo tanto el que desarrollan los estudiantes. Cuando se sientan a disfrutar de su capacidad expresiva y además comprometen sus emociones, incluso se olvidan del tiempo, entonces pasan cosas maravillosas. Sus obras están llenas de vida.

Una vez más son ellos los que me enseñan a aprovechar cada segundo como un acto creativo, aunque la frustración y el desengaño de haber creado algo que no era lo que esperabas forme parte de ese material vivo e imprescindible para poder seguir creando.

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