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El dibujo infantil en la Escuela – Taller

Los primeros días del Taller Infantil fueron un encuentro extraordinario con la duda. No sabía cómo afrontar “la enseñanza del dibujo” en una niña de cinco años, sin preguntarme, si realmente un adulto puede y debe enseñar a un niño a crear a través del dibujo y la pintura.

Mi intuición me impulsaba a que fuera ella quien eligiera por dónde empezar a trazar en el papel, pero sus preguntas sobre qué debía dibujar al mismo tiempo que me explicaba cuántas cosas sabía hacer bien, me obligaba a esperar, a tratar de vincularme a ella sin expectativas, permitiendo que el Taller dejara de ser para ella un lugar desconocido e intentando que mi presencia no obstaculizara su curiosidad por recorrer y tocar todo lo que había allí.

Expuse sobre la gran mesa todo tipo de herramientas, empecé a mezclar colores con acrílico, y a mostrarle cómo hacerlo para conseguir nuevos colores. El tablero de madera que servía de paleta de mezclas comenzó a llamar su atención, hasta que se transformó en el lienzo sobre el que prefería experimentar. Cuando la clase iba a terminar me dijo: “Yo he venido aquí a que tú me enseñes”, a lo que yo tardé en responder: “¿Qué puedo enseñarte yo?”. Y así comenzó una breve conversación de preguntas mientras seguíamos mezclando colores.

A medida que fueron sucediendo las clases, la experiencia expuesta en el libro de Arno Stern desarrollada durante años en el Closlieu, me hacía entender cada vez mejor lo que estaba pasando, quizá también lo que podría suceder, pero solamente yo y la dibujante de cinco años podíamos averiguar cómo atravesar ese capítulo contaminado por una educación rica en calificaciones y pobre en la naturaleza del dibujo.

Las clases fueron un experimento variable a tiempo real, donde me dejaba llevar por sus propuestas, siempre que aparecían, al mismo tiempo que evitaba hacerla sentir con mayor responsabilidad, proponiendo dibujos en base a sus respuestas sobre algunos temas cotidianos. Fue inquietante y especial, descubrimos juntas su tremenda facilidad para lanzarse a pintar sobre el papel, siguiendo meticulosamente, los procesos de la Memoria Orgánica explicados por Arno Stern, y encontrando un sentido absoluto a su teoría sobre La Formulación. Los objetos propios del dibujo infantil construían, con una impresionante riqueza pictórica, las piezas de la dibujante de cinco años.

Tardé poco tiempo en darme cuenta de que debía encontrar dos espacios posibles para pintar, uno vertical donde pudiera colgar con chinchetas sus sucesivos papeles, y otro horizontal donde se encontrara la paleta de color y las distintas herramientas disponibles: Pinceles, brochas, esponjas, agua y un trapo. Construí ese espacio en la Escuela – Taller con la inmediatez de que algo urgente iba a suceder.

Conseguimos establecer una armonía entre mi función acompañante y resolutiva de sus necesidades y su disposición frente al lienzo, pintando mientras me pedía nuevos colores, atención y una asertividad en mi comunicación con ella.

Cuando los conflictos aparecían sobre el papel: una gota derramada, un color equivocado o una mancha inesperada, yo respondía a su inquietud con la capacidad de enseñante que ella demandaba. La sensibilidad natural que me vincula al niñ@ en cualquier proceso, así como el lenguaje aprendido y en constante transformación que se adapta a cada uno, me permitía ser un bastón de apoyo en su ligereza creativa, evitando un bloqueo innecesario.

Los procesos de creación en la Escuela – Taller fueron llenando las paredes, Arno Stern es un gran maestro al que todavía no he tenido el gusto de conocer, pero está permitiendo que mi intuición en los procesos creativos de cualquier persona respondan a una naturaleza explicable y comprensible, ensuciada por categorías y demostraciones que obstaculizan al dibujante que todos llevamos dentro.

Me reitero cuando escribo que el fracaso de un estudiante en cualquier materia, tiene que ver principalmente con la incapacidad de los enseñantes para comprender cuál es la manera más natural de esa persona para vincularse a lo que está aprendiendo.

Generalmente el tiempo es un factor relevante, ya que permite trabajar entendiendo qué tipo de relación puedes establecer en función de la personalidad del estudiante. Sin embargo, el tiempo se ha convertido en nuestra sociedad en un casillero de metas que hay que rellenar y que destruye la idea de proceso, desarrollo o tránsito hacia otro lugar distinto desde el que se comenzó.

Siento placer cuando el tiempo del niñ@ en la Escuela – Taller se convierte en un escenario de posibilidades, donde su forma de estar en el espacio cambia la realidad esperada y sus dibujos son la consecuencia de un estado de su naturaleza y vitalidad.

 

Referencias: Arno Stern/ Del dibujo a la semiología de la expresión / Editorial: Samaruc

 

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