Cuando llega un retrato por encargo

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CUANDO LLEGA UN RETRATO POR ENCARGO

Proyecto Miralma

El proyecto Miralma nació hace cinco años en Jávea, mi pueblo paterno, la tierra que recoge una pieza importante de mi vida, el lugar que me nutre con su fertilidad de frutas y verduras y de un maravilloso proyecto de bosque.

Ese verano empecé a pintar la mirada de algunos hombres, necesitaba descansar en mis acuarelas más que en una cama y los colores empezaron a sorprender a los trazos. Empecé a transformar los colores de la realidad por los colores que veía en sus rostros, a vestirlos de verdes y morados, a penetrar sus ojos hasta rescatar cuencas de luz en praderas marrones, amarillos en lugar de blancos y sombras que tatuaban el gesto vivo.

Regresé a Madrid, seguí pintando, nunca he parado, y me marché a vivir a Santiago de Chile. Allí se presentó mi primera exposición: Miralma. Exposición de Dibujos y Acuarelas, donde mostré estas obras entre otras que marcaban mi recorrido artístico desde hace años.

Se casaron dos amigos y decidí pintarles, entregarles un Miralma el día de su celebración. Mi primer encargo me lo hice yo misma. A partir de ahí, empezaron a llegar propuestas para otros retratos, más bodas, más celebraciones, más ojos y expresiones. Y así nació este proyecto, retratos por encargo que recibo desde entonces, que me permiten sumergirme en otras miradas, rascar el instante que presenta la fotografía y tratar de contar algo más que la misma.

Cuando escribe alguien con el deseo de encargar un retrato, nunca lo recibo con la misma intención, cada persona pretende encontrar en la obra algo distinto, a veces es la belleza de un instante, la unión entre dos personas, los ojos que anhelan en la distancia, a veces es pura coquetería de la buena, otras quieren algo que han visto. Lo que siempre sucede es que la obra se va creando entre mis sugerencias y sus relatos: quiénes son ellos, cuándo se hicieron esa fotografía, cómo es su carácter, qué han vivido. Yo pido gestos naturales, espontáneos, miradas calmadas, sin tensión, que puedan vivir en el tiempo sin romperse.

Una vez decidimos con qué fotografía voy a trabajar, llega el silencio.

Hay un silencio largo y necesario que me sitúa en el lugar del observador, necesito mirarles, entender qué me evoca su imagen, seguir sus líneas, perseguir lo que hay detrás del gesto, encontrarlo, admirarlo, sentirlo y entonces empezar a trazar en el papel.

Primero sitúo la mancha que les contiene en un lugar del papel, y el trazo continuo empieza a coser una línea sinuosa y enredada que va dando forma a su rostro, abriendo sus poros, tallando sus sombras, enredando ese gesto fino que esconde a veces lo obvio, dejando que el aire entre en su rostro y deformando suavemente las terminaciones para no secar sus pliegues.

Siempre aparece el conflicto, un milímetro que hace su boca ligeramente distinta, una sombra que modifica la continuidad del gesto, que cambia el rumbo de lo que sucedió en ese instante. Este no entender dónde está el error, me obliga a mirar más tiempo, ampliar su fotografía al doble, buscar otras fotografías para entender cómo son, borrar, hacer desaparecer ese fragmento del rostro y seguir mirando. El conflicto me obliga a entender quiénes son esas personas.

El proceso continúa con una soledad prodigiosa que me permite navegar en el tiempo del pintor, que es otro, es prolongado y sin medida y pasa tan rápido como intenso.

Después del grafito siempre hay una pausa, no sé cuánto dura pero es necesaria para transformar la manera de mirarles, para dejar de ver sus pliegues y sus poros y ver entonces sus luces,  aguas de colores que se superponen, que tachan el blanco del papel, que traen su gesto a una frontera entre la realidad y la fantasía.

Emerge un placer distinto, es como si su rostro ya existiera dentro de mí y ahora pudiera disfrutar de su identidad, de esa verdad sutil que aguanta un azul sobre un ocre y que rompe los límites de las formas.

Pintar para otra persona es un regalo que me hacen con su confianza, es la puesta en escena de una responsabilidad cómoda y sugerente, es un acto de amor.

Gracias a todos los que hasta ahora han participado de este proyecto con sus encargos: Beatriz, Fello, Ander, Estefanía, Xavier, Marcos, Sergio, Cruz, Guillermo, Raimundo, Francesca, Inma, Laura, María, Samanta, …

Miralma es el nombre con el que mi padre tituló un poema que habla de mi obra, el nombre de este proyecto lo puso él.

 

M I R A L M A

 

Si te falta la palabra, mírame:

Yo escucharé tu mirada.

Mírame si me quieres…

y sabré que me quieres.

Y si no me quieres, mírame…

y despediremos nuestras miradas.

Si la palabra nos traiciona,

siempre nos queda la mirada.

Si el gesto es mudo,

siempre queda la mirada.

Porque el alma se libera con la mirada.

Porque la mirada es el guardián de la verdad.

Porque yo nací mirando el alma.

 

Antonio Espinós

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